Hay tres cosas que tengo muy claras: que el zumo de naranja por la noche sienta mal, que el comer – como el rascar – todo es empezar y que la fama es caprichosa y traicionera.
Esto último me quedó muy claro viendo como retiraban la figura de Jaime de Marichalar del Museo de Cera. Sé que de eso hace un tiempo, pero es que no consigo quitarme la imagen de la cabeza.
Me imaginé, por un momento, que era Jaime. Sentado en un sofá barato con nombre sueco, testigo mudo de mi naufragio. Con la barba mal afeitada, el pelo revuelto, una bata de andar por casa y unos pantalones cortos del Real Madrid.
Me vi bebiendo cerveza con cara de circunstancias mientras, en la tele, unos operarios sin rancio abolengo, retiran del museo la figura del que un día fue (o aún es) Duque de Lugo y esposo de la hija del rey de España.
Y mientras la gente en la calle hace corro y los presentadores reprimen la risa, yo presencio mi entierro social con una cerveza en la mano pensando que, no hace tanto, yo paseaba por esa misma calle en olor de multitudes.
Lo peor de que lo retiren a uno del Museo de Cera es que la estrella allí es el Hombre Lobo. ¿Significa eso que has caído más bajo que un tío que mata gallinas por la noche? Con qué cara ves ahora las pelis de Paul Naschy.
Me parece mucha humillación, incluso para Jaime de Marichalar.