Recuerdo muy bien el inicio del curso escolar. Mis padres me llevaban el día antes de empezar las clases a unos grandes almacenes y nos pasábamos la tarde viendo carpetas, estuches, lápices, gomas y libros de texto.
Es curioso como todos aquellos objetos, a los que al cabo de pocos días odiaría profundamente, se convertían por unas horas en mi tesoro más codiciado. Yo lo quería todo: la carpeta de Kareem Abdul Jabbar y la del mono vestido de Rambo; el estuche de Isidoro y el lapicero de los Diminutos; la mochila de los Chicago Bulls y la que tenía ruedas (casi un prototipo, por aquella época). Yo me dejaba arrastrar por aquel frenesí consumista hasta convertirme en una especie de Paris Hilton de la sección de papelería.
Aquella noche apenas dormía pensando en lo que me esperaba al día siguiente: estrenar pupitre, estrenar material, rencontrarse con los amigos, comprobar que a las compañeras (¡oh, sí!) les habían crecido un poco más las tetas…
Y por fin llegaba el momento de ir al colegio luciendo orgulloso los trofeos conseguidos en tu pequeña orgía capitalista. De gozar viendo como tu vecino de pupitre se había tenido que conformar con la carpeta de los Atlanta Hawks (¿Dominique Wilquins? ¿A quién le puede gustar el hortera de Dominique Wilkins?) y rabiar al ver que el pelota de Pedro Fernández – siempre nombre y apellido – había conseguido la Michael Jordan haciendo el mate de las piernas separadas… Puto Pedro Fernández.
Y, por supuesto, al llegar al aula tocaba escoger chica de la que enamorarse locamente durante los siguientes 9 meses. Durante los cuales, con suerte, llegarías a decirle tres palabras pronunciadas si aliento y al más puro estilo Arévalo. Aunque cada noche, eso sí, te juraras a ti mismo que “de mañana no pasa que le pido de salir”.
Hoy las sensaciones no son las mismas, claro, pero me sigo poniendo nervioso por estas fechas al pensar en el nuevo curso. Ya no llevo carpetas ni mochilas de los Chicago Bulls al trabajo y a mis compañeras hace mucho que les crecieron los pechos (bien los sabe Miki Nadal), pero la emoción sigue ahí. Como cuando era un chinorri.
Qué bonito comprobar que he madurado lo justo para poder seguir ilusionándome con estas chorradas. Que tengías un buen curso 2010-11. Y visitad a menudo nuestrascosas.tv porque van a pasar muchas cosas por aquí. ¿Quién sabe? A lo mejor hasta le crecen las tetas a la ardilla…

